El payaso
Jeremías daba unos divertidos volatines en sus actuaciones, hasta que un día se
quebró una vértebra y ahora es el que vende las entradas en la taquilla del
circo.
Bruno, el que
antes las vendía, se marchó con una de las chicas, Irma, que montaba encima de
los elefantes.
Jeremías
lloraba por su espalda y por la pérdida de su número.
Gunga, el
elefante que montaba Irma, lloraba por la marcha de Irma con Bruno.
Ambos querían
vengarse: Jeremías, del destino, Gunga, de Bruno.
Pero quiso
Dios que sus deseos se cruzaran.
Tan buena
amistad surgió entre Jeremías y Gunga, que el elefante hacía todo lo que el
antiguo payaso le pedía, y juntos diseñaron un número que les hizo célebres en
los mejores circos.
Un día, de
paso por una ciudad inhóspita, el circo se detuvo a descansar y en un barucho
de las afueras Jeremías reconoció a Irma y al taquillero Bruno, que la chuleaba
miserablemente.
Esa noche Gunga hizo el número
con Irma sobre su cuello y sonrió desde la pista a Jeremías, agradecido y casi
emocionado.
Irma quiso
escapar, Bruno se lo impidió con violencia y Jeremías lo mató.

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