Tras dos horas caminando a pleno sol llegó al
caserío. Podía haber cogido la camioneta, pero el olor a gasolina quemada y el
polvo que entraba por las ventanillas le hicieron desistir de la idea. A la
vuelta el sol estaría declinando y el calor se aplacaría. Lo que tenía que
hacer allí le ocuparía poco tiempo: matar a Juan, a sus dos hijos, a Manuela y
a la Muda.
Hoy, al cabo de los veintidós años, sale de la
cárcel. Anda erguido, con el tono y la apariencia de un hombre voluntarioso,
con el temple necesario en la mirada e incluso cierta gallardía en su manera
serena de andar. Sabe perfectamente que el hermano de la Muda va a matarlo, que ha
esperado estos años, uno tras otro, a que llegue este momento. Es natural, lo
sabe, lo comprende y lo espera.
Quizás lo que más le llama la atención es la
rapidez. La bala le ha atravesado el pecho a la vuelta de la primera esquina.
Su hijo, que lo esperaba en el bar de la otra esquina lo ha visto todo. Es así
que la historia podrá continuar por los siglos de los siglos.
No así la vida del hermano de la Muda , que también era mudo,
el pobre.

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