Le faltaban sólo tres años para jubilarse.
Treinta años en el Museo del Prado vigilando
turistas y atendiendo preguntas.
Cuando lo detuvieron por rajar con una navaja de
lado a lado el cuadro de Las Meninas
no pudieron observar en él el menor rasgo de locura ni alteración del carácter.
“Había que hacerlo”, dijo como única respuesta a la pregunta del porqué de su
acción.
Fue condenado y estuvo en prisión el mismo tiempo
que tardaron en la restauración del cuadro.
Nada más salir de la cárcel volvió al museo y
volvió, esta vez con más saña, a atacar el cuadro de Velázquez utilizando ahora
una larga astilla de madera.
Volvió a ser detenido y la condena por
reincidencia fue mucho mayor. “Había que hacerlo”, dijo de nuevo.
Cuando fue puesto otra vez en libertad entregó a
su editorial los tres volúmenes del mejor tratado crítico que se ha hecho nunca
sobre la pintura barroca del Prado.
Esta vez, la tercera, pudo camuflar un pequeño
recipiente con gasolina y consiguió quemar las dos terceras partes del lienzo,
culminando de esta manera su obra destructiva porque, evidentemente para él,
“había que hacerlo”.
Ahora sí, tras el tercer atentado, fue internado
en un centro psiquiátrico, aunque los doctores que le atendieron no terminaron
de ajustar un diagnóstico ni determinar la pretendida anomalía de su carácter.
Tan sólo era evidente que el cuadro de Las Meninas no era de su agrado.
O ¿tal vez sí?

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