domingo, 22 de marzo de 2015

83. Eclipses


El poeta enfebrecido se sumergía en la vorágine apasionada de unos versos incandescentes dedicados a su amada.

Desde su balcón ella lo observaba en el jardín, bajo el florido sicomoro, pluma en mano, el pliego sobre sus rodillas y el tintero en equilibrio inestable sobre un saliente del tronco.

Tres sucesos acontecieron en el instante siguiente:

Una nube oscura veló el sol, dejando la mañana anochecida.

Una ardilla traviesa trepó al sicomoro haciendo derramar el tintero y emborronando el poema inacabado.

Y un velo negro cegó para siempre los negros ojos de la bella del balcón.

La luz que ilumina, la luz creadora y la luz de la mirada: las tres sucumbieron en el instante fatal.

Un triple eclipse cambió sus vidas y sus destinos.

Él jamás volvió a escribir, ella dejó de sonreír y el sicomoro quedó para siempre marcado por unas huellas tintadas de ardilla.

Tan sólo el sol superó triunfante el momento de oscuridad. Tan sólo el sol siguió escribiendo el hermoso poema de la vida, día a día, y siguió iluminando los jardines, los sicomoros, las ardillas e incluso con el paso del tiempo llegó a iluminar a un poeta que camina por un sendero, que susurra al oído y que abraza con ternura infinita a su esposa ciega.





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