Yo, de pequeño, veía un indio sentado en mi cama.
No me asustaba, pero conseguía ponerme triste. Ya, de mayor, consigo ponerme
triste sin la presencia del indio, aunque con él sentado en mi cama, la
tristeza era más entrañable y verdadera.
Un comanche. Era
un verdadero indio comanche. Los comanches
nunca ríen. Siempre les preocupa el presente. Este indio mío nunca me miraba y
nunca se movía. A veces sus plumas vibraban con el viento que entraba por la
ventana en las noches de primavera, pero su rostro era siempre de piedra gris.
Lo convoco en alguna noche de insomnio. Su
compañía me reconforta con aquella tristeza infantil y familiar, tan diferente
de esa otra angustia de los adultos. He comenzado a tomarle afecto. Ya no viene
de improviso como durante mi infancia, ahora soy yo quien lo reclama. Su
quietud es el reflejo invertido de mi vida. Mientras continúe sentado a los
pies de mi cama sé que sigo vivo.
Hoy, en esta sala blanca de
hospital también está conmigo, pero esta vez es diferente, una opresión de
miedo me va ahogando poco a poco a medida que observo como el indio se levanta
despacio, me mira, sonríe y se va caminando hacia la puerta para nunca más
volver.

No hay comentarios:
Publicar un comentario