El huracán Willy se aproximaba a la costa con
vientos de hasta 240
kilómetros por hora. Las olas comenzaban a romper con
furia en los diques de La
Habana vieja. Las palmeras batían ya sus troncos con una
elasticidad inaudita y las pocas gentes que deambulaban por las calles
comenzaban a asustarse y a correr ya de veras.
Yo, en cambio, me hallaba sereno y tranquilo y tal
vez no sea lo menos importante para justificar esa calma mía el hecho de que en
ese momento me encontrara en Marruecos, pasando unos días de vacaciones y que,
una vez finalizados, volvería a Riga, Letonia, en donde son sumamente
esporádicos los huracanes tropicales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario