Siempre he pensado que la ancianidad es un estado
natural que no ha de cubrir necesariamente con un manto de bondad a la persona
que la lleva a cuestas. Los malos sentimientos que pudiera albergar un hombre o
una mujer durante las primeras etapas de su vida no tendrían que tender a
desaparecer por el hecho simple del transcurso del tiempo.
Tengo tan sólo en mi vida dos enemigos: un
matrimonio octogenario que me profesa un desprecio y un odio a prueba de
cualquier acercamiento amistoso o tan siquiera humano. Es por ello que, lejos
ya de persistir en mis intentos, me propongo dilatar hasta un punto máximo el
asco que me provocan estas personas, observando día a día y pormenorizadamente
sus deleznables conductas.
Este senescente matrimonio es socialmente inmune,
se halla protegido por las instituciones y sus leyes. Si quisieran, podrían
matarme sin por ello ir ni un solo día a la cárcel. Serían muy felices si
pudieran hacerlo.
Por eso he de adelantarme a ellos, aunque sólo sea
por un principio de defensa propia. Soy su médico de cabecera y he realizado
algunos cambios en sus tratamientos habituales. Hoy se han despedido al salir
de la consulta como siempre, insultándome y poniendo en tela de juicio mi
profesionalidad. Se han ido sin sospechar que siguiendo mis terapéuticas
indicaciones, ésta ha sido su última visita a mi consulta.
Ojalá nunca descansen en paz.

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