jueves, 19 de marzo de 2015

75. Mis viejos pacientes


Siempre he pensado que la ancianidad es un estado natural que no ha de cubrir necesariamente con un manto de bondad a la persona que la lleva a cuestas. Los malos sentimientos que pudiera albergar un hombre o una mujer durante las primeras etapas de su vida no tendrían que tender a desaparecer por el hecho simple del transcurso del tiempo.

Tengo tan sólo en mi vida dos enemigos: un matrimonio octogenario que me profesa un desprecio y un odio a prueba de cualquier acercamiento amistoso o tan siquiera humano. Es por ello que, lejos ya de persistir en mis intentos, me propongo dilatar hasta un punto máximo el asco que me provocan estas personas, observando día a día y pormenorizadamente sus deleznables conductas.

Este senescente matrimonio es socialmente inmune, se halla protegido por las instituciones y sus leyes. Si quisieran, podrían matarme sin por ello ir ni un solo día a la cárcel. Serían muy felices si pudieran hacerlo.

Por eso he de adelantarme a ellos, aunque sólo sea por un principio de defensa propia. Soy su médico de cabecera y he realizado algunos cambios en sus tratamientos habituales. Hoy se han despedido al salir de la consulta como siempre, insultándome y poniendo en tela de juicio mi profesionalidad. Se han ido sin sospechar que siguiendo mis terapéuticas indicaciones, ésta ha sido su última visita a mi consulta.

Ojalá nunca descansen en paz.





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