domingo, 22 de marzo de 2015

81. Aperitivo


Los ardores le incineraban el estómago en una mañana letal de resaca. “Buena forma de empezar la jubilación, como un viejo borracho”, se dijo en un estado de letargo abúlico y dolorido.

Viudo, sin hijos, sin aficiones ni amigos, también sano y con dinero más que suficiente, pero definitivamente solo.

Se levantó pesadamente de la cama y se duchó. Tomando la segunda taza de café encendió el primer pitillo y luego se sentó frente al televisor mirando su silueta reflejada en la pantalla apagada. Se quedó dormido durante unos minutos, profundamente, hasta que el dolor agudo entre los dedos medio e índice de la mano derecha lo despertó, apagó lo que quedaba del cigarrillo, se desinfectó la quemadura, se vistió y salió a la calle.

Sin nada qué hacer, el tiempo pasaba lentamente, como sus pasos, cada vez más desorientado y devastado por una sensación difícil de definir pero, sin duda, angustiosa, perentoria, desesperada.

En una calle alegre y bulliciosa entró en un bar y pidió un vermut y un pincho de boquerones en vinagre, una mujer le sonrió, la temperatura del local era agradable, era viernes y la luz del día, que amaneció con un cielo encapotado de noviembre, emergía radiante entre dos nubes que se disipaban con elegante parsimonia.





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