Los ardores le incineraban el estómago en una
mañana letal de resaca. “Buena forma de empezar la jubilación, como un viejo
borracho”, se dijo en un estado de letargo abúlico y dolorido.
Viudo, sin hijos, sin aficiones ni amigos, también
sano y con dinero más que suficiente, pero definitivamente solo.
Se levantó pesadamente de la cama y se duchó.
Tomando la segunda taza de café encendió el primer pitillo y luego se sentó frente
al televisor mirando su silueta reflejada en la pantalla apagada. Se quedó
dormido durante unos minutos, profundamente, hasta que el dolor agudo entre los
dedos medio e índice de la mano derecha lo despertó, apagó lo que quedaba del
cigarrillo, se desinfectó la quemadura, se vistió y salió a la calle.
Sin nada qué hacer, el tiempo pasaba lentamente,
como sus pasos, cada vez más desorientado y devastado por una sensación difícil
de definir pero, sin duda, angustiosa, perentoria, desesperada.
En una calle alegre y bulliciosa
entró en un bar y pidió un vermut y un pincho de boquerones en vinagre, una
mujer le sonrió, la temperatura del local era agradable, era viernes y la luz
del día, que amaneció con un cielo encapotado de noviembre, emergía radiante entre
dos nubes que se disipaban con elegante parsimonia.

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