Probablemente sea una maldad. Vivo en un piso bajo
y he colocado en mis tres grandes ventanales que dan a la calle esos cristales
que permiten ver desde dentro hacia fuera, pero no al revés. En ellos se
reflejan como en un espejo los viandantes que ignoran que están siendo
observados, vigilados, espiados.
A veces, los fotografío, hago colección de
imágenes de los diferentes tipos sociales, caras absurdas o extravagantes,
tribus urbanas, mujeres atractivas, facciones singulares… Mi colección va
engrosando día a día con nuevos elementos, nuevas categorías, nuevas
experiencias.
Un día se detuvo frente a una de mis ventanas un
hombre joven. Con un fotómetro midió la luz circundante de aquella otoñal
mañana. De una bolsa extrajo y armó un trípode fotográfico y a continuación se
dispuso con rápidos y profesionales movimientos a tomar varias instantáneas, a
diferentes distancias, de mis tres ventanales. Una vez concluido su trabajo,
recogió sus instrumentos y ya se disponía a marcharse cuando salí de casa y le
insté a que me diera explicaciones de su extraña actividad.
Con exquisita educación me refirió su curiosa
afición: coleccionaba imágenes de ventanas tintadas en donde suponía escondido
y protegido tras ellas a algún individuo que fotografiaba a la gente que
pasaba.
Al día siguiente me mudé a este acogedor ático
donde dedico mucho tiempo al cultivo de una bellísima y poco conocida variedad
de jacinto brasileño.

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